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Festipulenta

En Buenos Aires, se realizó una nueva edición de este festival de bandas emergentes y grupos que se mantienen al margen del circuito principal.

Fotos de Victoria Schwindt

Además de asistir a los grandes eventos como Lollapalooza, Personal Fest, Pepsi Music, y Cosquín Rock, los músicos y productores del rock salteño deberían guardar algunos ahorros para viajar hasta Buenos Aires y presenciar festivales como Music is my girlfriend, Festipez o Festipulenta. Si lo hicieran, podrían apreciar movidas autogestionadas exitosas que logran construir su propio espacio por fuera del circuito mainstream que los desprecia.

El sábado 1 y domingo 2 de marzo se realizó en el nuevo Centro Cultural Matienzo la vigésima edición del Festipulenta, un evento creado hace cinco años para dar espacio a artistas emergentes. Participaron Valle de Muñecas, Acorazado Potemkin, El Perrodiablo, Fútbol, Bestia Bebé, Los Rusos Hijos de Puta, Sr. Tomate, Los Espíritus, Mujercitas Terror, La ola que quería ser Chau, Olfa Meocorde, Pungatroids, Perdedores Pop, 107 Faunos y Prietto viaja al cosmos con Mariano.

“Para nosotros, los músicos, esto es un espacio de paz”, dijo sobre el caluroso escenario principal, Juan Pablo Fernández, cantante de Acorazado Potemkin, antes de arrancar con “La mitad”, una canción que no suena en las radios, inexplicablemente. Durante las dos jornadas aparecieron varios ejemplos parecidos. Quizás el más notorio sea el caso de Valle de Muñecas. Con temas como “Gotas en la frente”, la banda de Manza Esaín podría ser la música que escuchan todos, sin embargo, pasan desapercibidos para el mercado discográfico que maneja las grillas de los principales festivales y la musicalización de los medios más penetrantes.

Bestia Bebé, el cuarteto de La Plata, está cada vez más cerca de la consagración de culto que hace algunos años posicionó en el mapa nacional a El mató a un policía motorizado. Son herederos directos. De lírica e imagen futbolera, acentúan su costado punk a la hora de los conciertos. Con hermosas canciones crudas con pasta de hit como “Lo quiero mucho a ese muchacho” y “El uruguayo”, los Bestia Bebé desatan pasiones en un público reducido que se hace escuchar.

Los seguidores de Bestia Bebé llevan la futbolización a extremos que no logró ni el propio rock chabón de los noventa. Entre tema y tema cantan canciones de cancha sin alteraciones en la letra. Sencillamente les piden huevos a sus jugadores, la concha de su madre, que no juegan con nadie. Como la mayoría del asistente promedio del Festipulenta, son chicos y chicas de buen nivel adquisitivo, con ropa desprolijamente escogida, con lentes hipsters, shorts de fútbol y vestiditos con dibujos. Pibes que no van a agitar con Andrés Ciro el estribillo de “Maradó” ni cantan “caño, taquito, chilena y tablón: el fuego sagrado de mi corazón”, junto a la Bersuit. Se supone, muy en el fondo, en un lugar no explícito pero en el que casi todos coinciden, que este rock emergente es mejor, una respuesta a lo barrial que domina desde hace dos décadas y tiene casi 200 muertos encima. En el Festipulenta nadie aparece con remeras de La Renga, Sumo, Las Pelotas o (¡el horror!) Los Redondos. Queda mal. A menos que sean de diseño, irónicas, que acompañen a los bigotes tupidos de oficinista gris que hoy son sexy snobs palermitanos. En algún punto, los fanáticos de Bestia Bebé son como los Agapornis: tipos que desprecian una cosa y buscan algo distinto que termina siendo muy parecido a eso que ansiaban alejar. Se supone que lo peor de la futbolización del rock argentino no fue la temática sobre la pelota en las letras, sino el comportamiento del público como una barrabrava fiel que no abandona, que hace el aguante, que pinta trapos y agita hasta en el acople inesperado del violero. Que siempre pone un poco más de huevos. Ese protagonismo excesivo causó el ya famoso coro de riffs que acompaña hasta los sets acústicos. Aportó el banderazo, la pirotecnia, el salten, putos, el canten, putos, el que no salta es militar y también un inglés, el que no hace lo que yo digo no es del palo. La cultura del no cambies nunca, porque si lo hacés sos un careta. El público de Bestia Bebé parece una extracción de clase alta de esos conciertos noventosos. Más de lo mismo. Si todavía no apareció un trapo, es cuestión de tiempo.

Una de las performances más intensas fue, como era de esperar, la de El Perrodiablo. El quinteto garagero de La Plata toca todas sus canciones como si fueran la última. Doma, su cantante, se tira al público apenas arrancan. No lo hace para pomelear, vender humo y tribunear. A todo el grupo se le nota la pasión. En el último tema, Doma llegó pogueando, micrófono en mano, casi hasta la puerta.

Mientras tanto, en el primer piso del Matienzo, los distintos puestos de discos y libros estaban llenos de gente que tomaba las cervezas que no costaban un ojo de la cara. En un pequeño cuartito, se realizaron dos ciclos de poesía: Más poesía, menos policía y las sesiones Ultravietnamitas.

El Festipulenta crece en cada edición y demostró que se pueden armar eventos exitosos por fuera de las producciones más gigantescas. Sus creadores no se quedan quietos, puteando. Aprovechan las oportunidades. Hacen lo que Fabián Casas les aconseja a los escritores en un ensayo llamado Rita y Bertoni: “No pasarse la vida quejándose de que el suplemento x es el verdugo de la lengua, que no te publica, que siempre publica a otros, etc. Hacer el medio que uno necesite para lo que se quiera decir. Y, en vez de utilizar una retórica de rechazo (‘yo ahí no publico porque etcétera, etcétera’), aplicar la lógica del yudo: utilizar la fuerza del más fuerte. Hacerle trampas a los medios, utilizar su poder industrial de difusión para traficar información. Saber que estás en la Matrix, pero intentar que te sea funcional. ¡Nada de llorisqueos!(…) Creemos los medios, utilicemos los medios que ya están, abandonemos esa estupidez de que alguien nos está haciendo algo, de que somos víctimas de la Prosa de Estado. Nadie le hace nada a nadie. O como le decía Don Juan a Castaneda: nadie le hace nada a un guerrero.”

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