Historias mínimas

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Foto gentileza Alejandro Ahuerma

Instantáneas de la calle, discos en familia, el rol docente. Pequeños momentos de la vida del Cuchi Leguizamón.

Gesto de zorro

En 1990, el fotógrafo Alejandro Ahuerma caminaba cerca del Cabildo salteño cuando escuchó una carcajada que espantó hasta a las palomas de los balcones. Los lustrabotas que frecuentaban la zona le aclararon inmediatamente el panorama: la risa venía de la mesa del Cuchi. “¿De dónde más?”.

“Cuando llegué hasta la vereda de El Farito, en una mesa que compartía junto a Antonio Yutronich, Miguel Ángel Pérez, “Perecito”, y otros personajes más, los saludé, les tiré un par de fotos desde el costado y me fui para el lado de la calle”, recuerda Ahuerma. Desde esa posición pudo “retratar ese gesto de zorro, de picardía compartida con el Yutro”. “Fue un solo disparo, era la época de las fotos con rollo, cuando todavía estaban ellos y esa vereda mágica del Farito. Agradecí y seguí mi camino”.

La foto se transformó en una de las más emblemáticas del Cuchi y una de las más importantes de Ahuerma. “Después fui a regalársela en su casa de la calle Rioja, enmarcada y lista para colgar”.

Música detergente

El Cuchi, se sabe, no andaba con vueltas. Decía las cosas en la cara. O ante el grabador. “¿Sabés quiénes son nuestros enemigos? Las editoriales. Es que si yo llego a destapar las orejas de seis millones de sordos no hay más a quién venderle mamarrachos”, decía, indignado, en un reportaje publicado en septiembre del 76 en el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín.

Para el Cuchi, “algún día” se acabarían los mamarrachos. “La vez pasada me decían una cosa que yo vivo repitiendo: en este país habría que hacer música detergente para lavarle a todo el mundo los oídos de las porquerías que les dan los disc jockeys y las promociones comerciales”, decía.

“Un hombre como el Chivo Valladares, de su autenticidad, nunca ha podido conseguir que le paguen dos pesos por sus canciones -seguía-. Es uno de los músicos más importantes que tiene el país, ¿te das cuenta? Ahí está, olvidado en Tucumán, haciendo cualquier cosa. Ese tipo le importa al país. ¿Y sabés qué les interesa a las editoriales? Que ese tipo jamás triunfe. Lo que le interesa a las editoriales es que el público nunca llegue a distinguir una guitarra afinada. Por eso mis enemigos son los propietarios de la cultura popular que en manos de los comerciantes amordazan a este país formidable. Pero igual vamos a seguir peleando hasta que entreguemos los huesos”.

A ver, badulaque 

(Por Viviana, ex alumna del Colegio Nacional)

Transcurría el comienzo de 1968. Nosotros saliendo de la primaria, esperando ese mundo nuevo lleno de expectativas e ilusiones y con ganas de aprender. De ver de qué se trataba todo eso de la secundaria en el Colegio Nacional. Los varones, siempre de pantalón de vestir, camisa, corbata y saco. Las mujeres, delantal blanco, medias tres cuartos y zapatos. En ambos casos llevábamos los útiles en la mano con una birome en el bolsillo, aunque también se veían portafolios de pequeño tamaño agarrados en el asiento de atrás de la bicicleta.

Ver de traje y gomina en el pelo a los profesores era lo normal y él no era la excepción. Con su libretita, en orden alfabético, tomaba lección, con las manos en las axilas todo el tiempo. Llamaba a las mujeres de “señorita pase” y con los changos “¡a ver, badulaque!”. Muy changuero, gaucho, contaba chistes y cuentos, pero cuando contaba los embadurnaba de condimentos que cautivaban a los receptores. Muy churo.

Con el pasar del tiempo nos enteramos que tocaba el piano, que escribía y que era muy conocido en la noche salteña. Cómo no recordar esos días lunes cuando nos mostraba y se reía “por tener medias puestas, pero de distinto color”. Se levantaba el pantalón y decía: “¿Les cambia en algo a ustedes que les enseñe con medias de distinto color?”. No nos extrañaba que se hubiera tomado algún copetín, eran otros tiempos, distintos y con otras preocupaciones. Sin notarlo tuvimos a un gran referente cultural en nuestras aulas.

Soy tu fan

(Por Diego Maita López)

La primera vez que vi al Cuchi Leguizamón fue en el verano de 1992, durante un viaje familiar a la Serenata a Cafayate. Ya estaba viejo y le rendían un homenaje. Zamba Quipildor estaba en el escenario. Todavía guardo alguna foto muy mala de ese momento.

Unos buenos años después, ya por el 97 o 98, con mi ingreso y breve estancia en la Escuela de Música “José Lo Giúdice”, vino el amor por el Cuchi. Un amor que todos los estudiantes compartíamos en los pasillos, porque –salvo honrosas excepciones- casi no se percibía en las aulas. Así, por esa época pude conocer a Luis Leguizamón, uno de los hijos del Cuchi.

Nunca entendí y tampoco me importaron las internas entre los hijos. Debe ser complejo tener ese tata. Cuestión que pude contarle a Luis mi amor por la obra de su viejo. Y cómo será que debo haberlo conmovido que me invitó a conocerlo. Medio que objeté un poco por el delicado estado de salud que, se sabía, el Cuchi venía arrastrando, pero la invitación y la tentación eran grandes: la posibilidad de conocerlo, de acceder más no sea a mirar algunas partituras inéditas y otras fantasías propias de su universo.

Fue un momento inolvidable: el joven Maita en bici tocando la puerta de la casa de calle Rioja y algún otro hijo del Cuchi, quizás el “Moro”, que “lo saca cagando”, sin siquiera abrir la puerta. La invitación a emprender la retirada la hizo desde la ventana.

Cómo me enojé. Luego, el tiempo me hizo entender con una sonrisa aquel momento. La irreverencia juvenil de “hola Cuchi, soy tu fan” no tenía lugar en los años finales de la vida terrenal del Maestro. Sólo pude estrechar su mano en la despedida, poco tiempo después, en la funeraria de calle Zuviría.

Tuvimos revancha: en esa misma casa, casi quince años después, pudimos contarle a Luis el proyecto que terminó siendo El canto hereje, el disco con el que homenajeamos al Cuchi Leguizamón desde el rock salteño.

Desconectados

José María Leguizamón subía todos los días al altillo de la casa de calle Alberdi. Cada tarde, a las seis, después de trabajar, ponía una tira plástica en la puerta para que nadie lo molestara y se encerraba a escuchar música.

Leguizamón tomaba cerveza negra, comía un poco de queso y escuchaba a Bach, Beethoven y Mozart hasta las nueve de la noche. Su hijo Gustavo lo acompañaba. Durante esas tardes, el Cuchi descubrió a Stravinsky. Quedó tan fascinado con el músico ruso que pidió prestado la “Sinfonía de los Salmos” a un amigo que trabajaba en una radio. Eran épocas en las que comprar un disco en Salta “era más o menos como querer descubrir América”.

El Cuchi recordó esos momentos en el diario La Opinión. Allí reveló que él y su padre se volvieron locos cuando un cura amigo llegó a la casa con un disco que tenía música del compositor italiano Giovanni Pierluigi da Palestrina. Comenzaban a escucharlo el viernes, lo dejaban recién el lunes. No se cansaban.

En algunas veladas, eran tres en el altillo. A veces se agregaba la perra, que lloraba dulcemente en los agudos.

Artículo publicado en la revista Rock Salta 23, de septiembre de 2017.

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