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Dutsiland (2019)

Mi Amigo Invencible lanzó su esperadísimo séptimo disco de estudio, nuevos sonidos y un punto de quiebre para la fundamental banda mendocina.

Texto: Federico Rodriguez Lescano

La mejor manera de definir un lugar único y personal, es bautizándolo de manera original para que nunca se repita. Y en el caso de un título de un disco, para quede en la memoria colectiva de nuestra historia musical como un elemento solitario y distinguible. Dutsiland, el séptimo álbum de Mi Amigo Invencible, es como una gran nación que se ha tomado todo el tiempo necesario para promulgar su música nueva en ley. Batallando por surgir como una obra completa, con buenas pretensiones y en un estado de recurrente dignidad sobre el alma de sus artistas. Producto del empuje constante de ideas y afirmaciones entre los integrantes de la banda mendocina, parece que al disco le ha costado atravesar un proceso de maduración y asentamiento en varios frentes, como así también de análisis y dirección en la toma de decisiones estéticas.

El ahora septeto y pionero en la visibilización del “manso indie”, nos trae hoy sus nueve frescas canciones bajo un manto de gratas sorpresas. Sin lugar a dudas la que mayor incide es la del voto de confianza al delegar el timón sobre alguien externo, aquí el californiano Luke Temple de Here We Go Magic, en ese urgente acomodo de la hoja ruta para el viaje hacia la nueva producción sonora. Como consolidación en la seriedad del paso efectuado, y esperando que tal vez salden viejos pendientes, los MAI no se quedaron cortos. El hecho de sumar en la mezcla final a John McEntire (Tortoise; The Sea and The Cake) nos da un fuerte argumento de que la extraña música que brota como composición desde las entrañas, o la que afecta nuestros sentidos en su apreciación, puede ser adoptada como propia por más que no tenga una raíz local.

El álbum va transitando diferentes emociones, generando recuerdos musicales sobre un amplio espectro, y una lírica que retrata la cotidianidad de las relaciones humanas, algunos lugares comunes y las cambiantes rutinas con una naturalidad directa en la escritura de Mariano Di Césare y cía. En lo sonoro, el inicio es potente y claro por su minimalismo rítmico en pos de una fuerte diversidad melódica, que se mantendrá en alto estándar sobre lo venidero. La influencia amasada desde sintetizadores atmosféricos, en reversa a lo Kid A de Radiohead y con entonaciones en las que Melero podría participar con mucho aire en “Desayuno continental”, se mueve hacia momentos kraut rock mezclados con folk de habitación hecho indie pop por Ben Gibbard en “Fósil”. Gracias a una simple base en guitarra acústica, con un fuerte aroma al oscuro The Unforgetable Fire de U2, en su final nos induce a una progresión optimista como la de “Race for the prize” de unos prolíficos Flaming Lips. La trilogía se completa con “(Bip-Bip) No me hables”, con reminiscencias a Yo La Tengo, por su base groovera en sobriedad y con un noise pop ultra maleable.

“Nadie en la Casa” regresa al rock barroco de materiales previos, con banda en formato tradicional, pero con un vuelta final anti pop. Como si McEntire hubiese pedido pista libre para actuar, la canción se transforma en un dron acústico con violines y gravedad, hecha improvisación manchada y desprolija a lo Tortoise. “Batalla gigante” es melancolía upbeat, homenajeando la herencia de rock nacional recibida, con toques de jazz que se anima a jugar con cadencias funk y latinas. Para romper con una aparente normalidad, las estrofas en rígida estructura se adueñan del homónimo “Dutsiland”, y dan aire a un alt-country mas cercano a Kurt Vile por esas guitarras y sonidos ambient que llevan psicodelia acústica. El mutante “Beverly G”, cercano nuevamente a los estridentes Flaming Lips y o los inquietos Stereolab por la cercanía a brumosas texturas electrónicas, con bajos Rickenbaker, flautas, sintetizadores y vocoders setentosos, dan ese toque afrancesado que solo Air puede enseñar de manera ciega.

El final del disco, con un costado más analógico gracias a “Loco Trópico” y el relajado “Todo Pasará”, nos envuelve en desempolvadas maquinas grabadoras a cinta y collages etéreos de indie rock. Por un lado como si los Black Keys hubiesen solventado una lisergia complaciente, y por el otro unos suaves pianos con ocasionales incursiones de teclas penetrantes, que el mismo productor Luke Temple manipula de manera magistral en sus trabajos como solista folktrónico.

Dutsiland es un disco de quiebre, para con ellos mismos por la lejanía y amplitud que lograron ante toda la influencia rondante, absorbiendo muchos elementos de la oscura americana. Mendocinos por mero error geográfico, pero con una sensibilidad por los géneros globales y el buen gusto, por la adopción de nuevas formas de expresión y por el criterio en la experimentación para llegar a ellas. Música exquisita que puede ser natural tanto a miles de kilómetros de distancia, como en nuestras latitudes sensoriales más internas.

Ficha tecnica

Lanzamiento 5 de julio de 2019. Producido por Luke Temple.

Grabado en estudio El Attic (Buenos Aires, Argentina) en abril de 2019 por Patricio Claypole, asistentes: Iván De Nevares y Nacho Noceti.
Editado en Alsina Ranch (Buenos Aires, Argentina) en abril de 2019 por Nicolás Voloschin.

Mezclado en Tiny Telephone (San Francisco, EEUU) en abril de 2019 por John McEntire, asistente: Sami Perez.
Masterizado en Ovie Mastering (Buenos Aires, Argentina) en mayo de 2019 por Daniel Ovie.

MAI:
Mariano Di Cesare – voces, guitarras, fxs, clavicordio
Nicolás Voloschin – sintetizadores, voces, guitarras, bajos
Arturo Martin – baterías
Pablo Di Nardo – sintetizadores, pianos, voces
Mariano Castro – voces
Juan Pablo Quatrini – bajos
Leonardo Gudiño – percusiones, octapad, voces

Participaciones especiales:
Luke Temple – piano, guitarras, sintetizadores, octapad, percusión
Martin Cappi – flautas en fósil y beverly g.
Fito Reynals – violas en nadie en la casa

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